“…Me cuesta comunicarme, pero no suelo engañar. No comprendo las sutilezas sociales, pero tampoco participo de las dobles intenciones o los sentimientos peligrosos tan frecuentes en la vida social. Mi vida puede ser satisfactoria si es simple, ordenada, tranquila. Ser autista es un modo de ser, aunque no sea normal. Mi vida como autista puede ser tan feliz y satisfactoria como la tuya “normal”. En esas vidas, podemos llegar a encontrarnos y compartir muchas experiencias…"
Las políticas sociales de los últimos tiempos referidas a los discapacitados mentales, particularmente al caso de los niños autistas buscan la integración sistemática de éstos a la sociedad. Yo me pregunto: ¿Para qué? El cuestionamiento no va hacia la integración de éstos a la sociedad, eso no es cuestionable, si no a la forma en la que se busca integrarlos. Principalmente ésta se busca mediante la transformación o el control de las características de las personas autistas para que éstos se adapten a su entorno social y puedan vivir lo más “normalmente posible”, siendo esto biológicamente, casi imposible.
La sociedad busca entregarles lo que le puede entregar a cualquiera de nosotros, una familia, estudios, un trabajo, responsabilidades y deberes, en definitiva, una vida normal. Si analizamos lo que conlleva esta vida “normal” podemos ver que ésta se ha convertido en una constante lucha y competencia. La vida se transforma en cansancio, en estrés, por estar todo el tiempo tratando de cumplir con las expectativas que los demás (e incluso nosotros mismos) ponen sobre nosotros. Hemos perdido la noción del tiempo, la rutina nos va absorbiendo y ya no podemos detenernos a contemplar las cosas bellas y simples que la vida nos puede regalar. Sólo basta con observar a cualquiera de nosotros, quienes a nuestra corta vida ya tenemos sobre nuestros hombros la presión de cumplir con nuestro deber de calzar con el prototipo que la sociedad nos impone: ser un estudiante responsable y un buen hijo, para así poder alcanzar un buen puesto de trabajo, tener la familia ideal, pagar nuestros impuestos, tener una linda y gran casa con un bello jardín para poder estacionar nuestro gran auto último modelo. En este contexto son pocas las personas que se pueden considerar realmente felices y los que así se consideran, ¿es real? En el caso chileno una investigación reciente demuestra que somos uno de los países más infelices de América Latina y del mundo, lo que demuestra lo difícil y falsa que puede llegar a ser esta felicidad que la sociedad nos ordena buscar.
¿Qué es ser feliz realmente? Una respuesta a esta interrogante es la que de los niños autistas podemos rescatar, pues con su modo de ser, alcanzan la felicidad fácilmente, si se encuentran en su estado ideal, libre de nuestras contaminaciones. Son capaces de ser felices con las cosas más simples que puedan existir: cariño y comprensión.
A mi parecer, a las personas autistas se les debe integrar a la sociedad tal como son, no tratando de transformarlos, sino haciéndoles un espacio adaptado a su modo de ser y así crear una convivencia de complementación, pues con el paso del tiempo ambos podríamos salir beneficiados, pues ellos se encontrarán en su plenitud y nosotros podremos aprender a buscar la felicidad por otro método, el que los autistas nos pueden enseñar. Tal como lo expresa el párrafo al inicio de este ensayo, la gente autista en su condición como tal se encuentra exenta “de las dobles intenciones o los sentimientos peligrosos tan frecuentes en la vida social”. Son los seres humanos en su más pura expresión, aquella de la que deberíamos aprender un poco, para así tal vez, aprendiendo de su simplicidad, y de la forma con la que afrontan al mundo llegar a ser tan felices como ellos lo son.
Por Rocío Verdugo y Felipe Hugo
viernes, 21 de noviembre de 2008
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